El otro Eduardo Galeano

Por: Carlos Méndez


Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. Por estos días de abril, pero de 2015, Eduardo Galeano agitó sus brazos diciendo un “hasta luego” a la humanidad y en ella, a quienes le robamos su cariño imperecedero.  

Eduardo se nos metió en el alma con todo y sus “venas abiertas de América Latina” y sus  innumerables construcciones literarias que diagramó con la maestría de un mago de nuestro idioma.  

Una vez, lo capturamos en una conferencia suya en el marco de un Encuentro Latinoamericano sobre Comunicación Popular a principios de la década de los 90s, en la cálida ciudad de Panamá y la otra en 1983, en otro Encuentro sobre Pedagogía y Educación popular realizado en Guadalajara, México, al que también asistió el eterno educador brasileño Eduardo Frei, Oscar Jara, Raúl Leis y Mario Kaplún, entre otros. 

Eduardo hacía dedicatorias en un libro que sus lectores adquirieron en una feria internacional del libro, que se desarrolló en la Guadalajara jalisciense, dibujando al lado de sus dedicatorias, una ramita vertical que, en su punta, lograba  que se asomaran  los pétalos de una flor y también el   hocico de un cerdito con un par de ojitos , mientras sus admiradores lo jodían preguntándole con curiosidad inocente acerca  del cerdito-flor, a lo que él contestaba con una sonrisa pícara: Aah, “es  mi otro yo”, mientras su auditorio le respondía con una agazapada ristra de murmullos y carcajadas espontáneas.  

En la Guadalajara de los corridos y huapangos, se programó la presentación y conversatorio de su libro de reciente edición: “Patas Arriba. La Escuela del mundo al revés” que, luego de su presentación y conversa con su público, tuvo un momento para firmar montones de libros de lectores que se juntaron como escolares en sábado cívico, para conseguir una dedicatoria del escritor, el Eduardo de la tierra y de la humanidad toda..  

En el auditorio, hacíamos fila mientras apretaba en mi mano, un número de la edición comentada, esa vez, tratando de no ensuciarlo con el sudor de la palma de mi diestra. Mi objetivo muy personal no era tan solo conseguir una dedicatoria solamente, del escritor, sino lograr alguna reacción acerca de la vida y obra de otro sujeto, un tal Eduardo “Guayo” Galeano, nacido en Honduras y que fue, en la dictadura de Tiburcio Carías Andino, en los años 30 del siglo pasado,  un testaferro sangriento que perseguía y asesinaba obreros de las bananeras de la Lima, con el oficio y cálculo de un relojero macabro, para lo cual utilizaba un motocarro negro y con ello,  cumplir con su deber cachureco y patriótico. Los campeños a la medianoche callaban sórdidamente apretando sus dientes desde los barracones, cuando escuchaban el sonido de la maquina negra del asesino que se escurría en la oscuridad de la noche. Al día siguiente, alguien aparecía muerto, por “comunista”, en las canaletas fangosas de las plantaciones de las compañías bananeras. La gente lo presentía. 

“Guayo” Galeano, ideológicamente, no era un inocente sin límites. Admiraba con devoción religiosa, igual que a su Presidente Carías, al Hitler de la Alemania nazi y a Mussolini de la Italia fascista.

La fila que yo estaba haciendo era grande y decidí en cierto momento, darles mi puesto a otras personas para convertirme con cálculo, en  el último de la fila para  tener el chance de  más tiempo y ocuparlo para hablar con el escritor acerca de su homónimo hondureño. 

Al llegar a su mesa y hablarle del Eduardo Galeano catracho, el uruguayo sacó de prisa en medio de la conversa un diminuto pedazo de papel y lápiz. Ahí, mientras hablábamos, apretadamente, como jugando a las escondidas, escribió palabras y rayas con la rapidez de un jugador de manos.

No era la primera vez que el escritor sacaba pedacitos de papel, incluso de periódicos o pequeñas páginas extraviadas para hacer apuntes con la prisa de un artesano perseguidor de musas y datos. Fue su técnica infalible.  Allí apuntaba palabras cortas, que luego le servían para escribir sus relatos gigantes que convertía en libros.  

Me escuchó con atención y un respeto raro sudamericano, mientras más de una veintena de personas escuchaban cada palabra y se aprendían cada gesto del artista. 

Al fin, diagramó una risa mostrando unos dientes coloreados por la fuerza de fumar consuetudinariamente y me dijo: – Ya conozco esa historia. La del Guayo hondureño

¿Quieres que te diga la verdad?… pero esto que quede aquí entre nosotros, me dijo en voz baja con una sonrisa pícara. -La mera verdad es que el Guayo Galeano del que vos hablàs, en realidad era yo-. 

Fui yo. Es Eduardo Galeano, pero el   malo. Tiempo después, vino al mundo Eduardo Galeano el hombre bueno, el de los abrazos, el que está aquí con ustedes. Y diciendo esto se levantó sorpresivamente de su asiento y se fue, sin excusarse de nada con cierta prisa, del escritorio improvisado, como alcaraván de monte.  Salió casi corriendo.

-No me sigan, ¡ya vengo!, dijo-, alzando su brazo y mano izquierda, a la fila de admiradores azorados, -porque donde voy no pueden estar ustedes ni pueden hacer por mí, lo que haré. Y volvió a pelar los dientes de color nicotina.

De la misma forma, también, como cipote travieso, se nos fue el Eduardo de la tierra, a quien enamoró con sus letras y sabiduría, un día de abril, como hoy. 

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