El corazón

La noche era un canto ceremonial en el universo entero de la gente de aquel pueblo encerrado en la oscuridad.

Morocelí era un nacimiento de casas abandonadas en el adobe huérfano de la miseria, el viento era un olor a tabaco eterno. Los fantasmas volaban en las esquinas, la luz de motor se encendía a las 7 y se apagaba a las 10 de la noche.

Ese fue el pueblo más triste que conocí en mi vida, en donde viví un tiempo que no recuerdo, y donde me senté por única vez en una plaza vacía a ver la estatua sin brazos del general Morazán, ya desahuciado por la nostalgia desierta de los años que pasaron como una ráfaga de soledad.

1981 era entonces un calendario amarillento pegado detrás de la puerta del mundo.

Era un febrero sin enamorados. En el pocito del Señor la gente hacia feria, y las carreras de cintas se hacían en la pedregosa alfombra de polvo colorado, las señoras se aglomeraban con los botes de agua bendita para venerar al Señor de las aguas. En la plaza el radioteatro de Catacumbas Calcañal berreaba de alegría bajo una tarima de madera antigua. Un hombre en una esquina gritaba la novedad de última maravilla; Por cincuenta centavos te prestaba una cámara de proyección de color rojo, donde un disco de imágenes corría como carrusel las imágenes del gato Félix y súper-ratón, las casetas de Coca-Cola eran como templos de adoración donde la gente se desmoronaba comiendo pastelitos de perros ahumados en el tizne incandescente de la alegría arrebatada a la miseria.

Un viejo de sombrero ala ancha cobraba 25 centavos para enseñarte las 52 cartas de una baraja de naipes con mujeres desnudas, pero solo para mayores de dieciocho años decía. Y los cipotes se encaramaban en el tronco de una acacia para ver desde arriba las tetas de aquellas mujeres que nunca pasaron por nuestra existencia.

Mí madre que me andaba en la mano, me llevaba a los chinamos. El vicio de ella era ver que una bolita de yaxes cayera en los símbolos del bingo de cartón, que ella con los ojitos alertas marcaba con un granito de maíz y quería alcanzar la gloria de ganarse 10 pesos pagados de inmediato sin pesar y sin culpa.
Cuando mi mamá ganaba, se alegraba tanto y en los ojitos se les hacía como dos suspiros de luces y me abrazaba; y le entregaban los 10 pesos. Y ella me daba un peso y me decía andá comprate un cono, y salía yo corriendo para la pulpería de Raúl, que también era el dueño de los buses y allí me quedaba viendo unas monturas y unos cabestros para bestias. Y yo con aquel sorbete que nunca se acababa caminaba despacito viendo los perros que se echaban bajo la luna, y en eso me encontré con mi tío Emilio, emborrachado, sentado bajo de la acacia, y aun lado el viejo promocionado el naipe de las 52 putas.

Yo me senté frente a mi tío, en una esquinita de la banca y el cono se me derretía por los brazos y en mi chorsito caí la melcochoza crema y yo no reparaba en eso, y me quedaba viendo a mi tío Emilio que cargaba un foto enmarcada en blanco y negro de Martina, su mujer.

-Dónde está corazón- le gritaba a la foto.

-Corazón como te perdí- decía envuelto en la saliva espesa de su boca de aguardiente y los ojos encharcados en polvo reseco del recuerdo.

-¡Corazón donde te fuiste!

Los gritos se apagaban en las risas de los hombres que estaban a la par viendo el naipe de putas y mi tío Emilio lloraba en busca de su corazón.

Yo me fui de allí a buscar a mi mami, para ver si había ganado y me daba otro cono, y allí estaba ella atenta a la ruleta y con granitos de maíz avanzaba al delirio de feliz ganadora. Y yo de ladito miraba y la gente se aglomeraba a ver quién ganaba:

-El sol cachetes de gringo… el valiente donde hay uno, el valiente… Si tú no tienes por qué alegar, entonces no tiene caso… el caso, cayó el caso. Allá vienen, apúntele… El soldado…

Y mi mami me decía, con el corazón, gano…. Y la ruleta daba vueltas como la vida y la bolita de jugar yaxis seguía su rumbo desgraciado de ilusiones… Un muchacho de gorra para atrás ganó, y en el diente de oro se le reflejaron los 10 pesos que le dieron, y mi mami me vio triste y me dijo: vámonos, volví a perder y nos fuimos a la casa de mis tías, y en el tumulto polvoriento estaba mi tío Emilio borracho, tirado como un pedazo de periódico en el suelo, y mi mami no lo vio. Miré hacia atrás, y la feria seguía, y la ruleta no paraba. Solo el rumor de la humarada de carnes asadas y pastelitos de perros, los chinamos con sus lucerías amarillas y los alaridos destazados del cantante de lotería seguía gritando la chalupa… las jaras… el catrín… nunca dijo el corazón, y yo le dije a mi mami…

-Ese corazón nunca caerá, porque tío Emilio lo perdió. y era verdad.

Mi madre hoy está enterrada en Morocelí, mi corazón, también.



—————–Allan McDonald———————

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