Vio morir a su padre sin saber los resultados de la prueba de COVID-19

Por Dunia Orellana y Dennis Arita 

San Pedro Sula, Honduras | Reporteros de Investigación. Lo llamaron a las 8:40 de la noche del 15 de julio de 2020, pero Juan* no pudo atender el teléfono fijo de su casa porque estaba en videoconferencia con sus alumnos en la UNAH-VS. Volvieron a llamarlo un rato después, pero se tardó y colgaron antes de contestar. La llamada era para avisarle que su padre, Sergio*, acababa de morir en la sala de hombres del Seguro Social en San Pedro Sula. Él había pasado varias semanas en salas de COVID, aunque tras nueve pruebas nunca se demostró que padecía la enfermedad causada por el coronavirus. 

Juan se acostó esa noche sin saber que su papá estaba muerto. 

Las noticias mantuvieron a Juan en tensión desde el 8 de junio, cuando atendieron a su padre por sospechas de COVID-19 en una clínica privada sampedrana. Un día después llevó a Sergio a la sala de pacientes de COVID del Seguro Social, donde le hicieron la prueba del hisopado.

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Juan, católico ferviente, rezó para que su padre se pusiera bien. Tanto el primer examen como las primeras pruebas rápidas que le hicieron dieron resultados negativos.  La confianza que Juan había comenzado a recuperar se resquebrajó el 11 de junio, cuando llevaron a Sergio a la sala de COVID-19 del Seguro Social en Calpules, en la salida al este de San Pedro Sula. “Mi padre está grave”, había escrito un par de días antes en un chat con sus amigos y familiares. Una subida de azúcar en la sangre disparó una bronquitis y un arranque de neumonía. “Las pruebas de COVID dan negativo. Le afectó los riñones. Le van a colocar una sonda para orinar”, agregó Juan en el chat.

Chatear, trabajar sin parar, mantenerse ocupado como fuera: cosas como esas le permitían a Juan seguir adelante mientras atravesaba aquel periodo de duda y expectación por la salud de su padre. Las noches eran de insomnio y preocupación constante. Dicen que el familiar de un paciente puede llegar a experimentar los síntomas de su pariente enfermo. 

Juan permanecía permanente preocupado y angustiado por no saber cómo estaba su padre enfermo, solo en medio de extraños, incapaz de comunicarse con su hijo. Juan daba vueltas por su casa sin saber qué hacer, preguntándose en qué momento iban a llamarlo para decirle “su padre está en condición crítica”, o la peor de todas, “está muerto”.

Las pruebas volvieron a confirmar que Sergio no tenía COVID. “Le han hecho varias pruebas y todas salen negativas (tanto en la clínica como en el Seguro)”, escribió Juan en el chat del 12 de junio. Las esperanzas volvieron y Juan no tardó en comunicarlas a sus amigos y familiares: “Papá sin fiebre, sin aplicación de oxígeno, con insulina y respondiendo satisfactoriamente al tratamiento indicado. Dios Es Fiel. No presenta fiebre, no tiene cansancio, no le están aplicando oxígeno”.

Las noticias del 15 de junio hicieron que el corazón de Juan saltara dentro de su pecho. “El médico me dijo que está estable. Me dijo ‘está fuerte el señor’”. La tarde del mismo día, a Sergio le dieron el alta y le quitaron la sonda.  “Desde las cinco de la tarde está en casa. Las pruebas hasta el momento han dado negativas”, escribió Juan, aliviado. 

Aunque ninguna prueba había dado positivo, Sergio había pasado varios días rodeado de enfermos de COVID-19, por lo cual los médicos le recetaron dos tratamientos preventivos. Era la primera vez en más de una semana que Juan podía respirar tranquilo.

Noches y días de angustia 

El padre de Juan era uno de esos hombres “que se han hecho a sí mismos”. Nacido en el Valle de Sensenti, en Ocotepeque, hace 91 años, Sergio laboró en las bananeras y en gasolineras antes de dedicarle muchos años de trabajo a la Cervecería Hondureña, donde se jubiló hace 27 años.

“Mi padre tenía diabetes controlada e hipertensión”, relata Juan. Sergio era un gran lector que por cinco décadas luchó contra el alcoholismo. Fundó por todo Honduras varias sedes de Alcohólicos Anónimos, organización a la que perteneció durante más de 50 años. Fue nacionalista, pero su adhesión terminó con la llegada de Rafael Leonardo Callejas al poder y al descubrir la corrupción dentro el Partido Nacional. Con el golpe de Estado de 2009 se le acabó la confianza en los partidos tradicionales. 

“Mi padre era un gran ser humano, honesto e íntegro, con facilidad de palabra, un hombre que siempre quiso a su familia, un ejemplo a seguir”, recuerda Juan.

Un sueño con la muerte de Juan

 “Hace seis meses, mi sobrina tuvo un sueño con mi madre que está muerta, donde le decía ‘Sergio, ven conmigo’”. El primero de julio lo llevaron a control y los médicos dijeron que estaba bien, que había superado la prueba y que había Sergio para mucho tiempo. 

Quién para saber que el sueño de la sobrina iba a comenzar a cumplirse el 8 de julio, cuando Sergio presentó fiebre. Con su edad avanzada, cualquier aumento de temperatura, por pequeño que sea, es señal de alarma. Juan trasladó de inmediato a Sergio al Seguro Social. 

Cuando Juan creía haber dejado atrás los días de angustia en que daba vueltas sin parar por casa, esperando lo peor, lo había engañado una mejoría de más de 23 días de recuperación en casa donde su padre no presentó fiebre y recuperó algo del peso perdido en clínicas y hospitales. “Papá sigue evolucionando bien”, había escrito pocos días antes. “Cada vez come un poco más. Va a ir mejorando gradualmente. Gracias a la misericordia de Dios”.

La pandemia había tocado de nuevo a la puerta de Juan cuando su hermano, su cuñada y su sobrina cayeron enfermos de COVID el 4 de julio. Los tres iban “evolucionando bien”, escribió Juan en el chat con su familia y amigos. En el caso de Sergio, aunque sus pruebas seguían dando resultados negativos, los doctores decidieron internarlo de nuevo en la sala de hombres del Seguro Social. Increíblemente, no le habían dado aún los resultados del hisopado practicado más de un mes antes. Los médicos daban diagnósticos tan distintos que Juan ya no sabía qué pensar.

“Los dos TAC establecen que no tiene COVID y, según una doctora, la radiografía sí establece que tiene COVID. En los exámenes de sangre, según otro médico, tiene COVID.Otro mencionó que no tiene COVID y otro dijo que probablemente tuvo COVID”, escribió Juan en el chat.

“Él está en las manos de Dios. Seguimos orando”.

Desesperado, Juan visitó a una amiga en su cumpleaños, respetando los protocolos de bioseguridad, para contarles sus penas y las de sus parientes. Varios de ellos estaban contagiados y hospitalizados, pero evolucionaban bien. Días antes, Juan había recorrido la ciudad de punta a punta buscando para su hermano una máscara de reservorio que al final le salvó la vida. “Seguimos orando y confiando en la misericordia de Dios“, chateó Juan el día 13.

Dos días después, su padre había muerto de insuficiencia respiratoria aguda. 

Juan no se enteró de su muerte hasta la mañana del jueves 16. Hizo todos los trámites pertinentes para su entierro. Esto se realizó el mismo día, cuando se trasladó el cuerpo desde el Seguro al camposanto sin custodia policial. Una razón más por la que piensan que su padre nunca tuvo COVID-19 es el hecho que las cinco personas de la familia que más se relacionaron con él no están contaminadas por el coronavirus. 

En el último adiós a Sergio sólo pudieron ir los más jóvenes de la familia.

Entre el miedo, la corrupción y la incompetencia

La muerte de Sergio se debe a una combinación de factores, incluyendo la avanzada edad y las enfermedades acumuladas, pero sobre todo a los innumerables retos del sistema de salud pública de Honduras, que se han agravado con el coronavirus que entró en el país en la segunda semana de marzo de 2020.

A los tradicionales problemas por falta de medicinas, centros hospitalarios, equipo y personal de salud se suman los actos de corrupción como el desfalco de al menos 7,000 millones de lempiras contra el Seguro Social cometido hace seis años y el mal manejo de la crisis por el coronavirus, incluyendo la supuesta compra sobrevalorada de equipos y materiales de respuesta contra la pandemia.

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En el caso del padre de Juan, los inconvenientes comenzaron desde el momento en que lo enviaron a salas de COVID-19 a pesar de que todas las pruebas indicaban que no padecía la enfermedad. De hecho, Sergio jamás perdió el olfato ni el gusto. Por otra parte, jamás le entregaron a Juan el resultado del hisopado. Aunque Sergio no hubiera estado contagiado, habría adquirido fácilmente el virus por haber estado internado semanas enteras junto a pacientes de coronavirus. 

Para empeorar las cosas, hubo más presiones y confusiones que acabaron de minar el estado de ánimo de Juan. “En el acta de defunción de papá pusieron el día de su muerte donde debía ir el día de nacimiento”, relata. “Teníamos que arreglarlo y eso es una pérdida de tiempo. Además, en la funeraria abrieron la tumba en otro lugar. Tuve que esperar 30 minutos más con el cadáver de mi padre dentro del ataúd envuelto en plástico”. 

Por los protocolos de bioseguridad contra el coronavirus, junto al féretro de Sergio solo había diez personas, todos jóvenes y sin enfermedades “de base”. A las dos de la tarde del 16 de julio, varios de los presentes transmitieron por WhatsApp el sencillo servicio funerario en el que Juan habló sobre su padre. 

De camino al lugar de descanso final de Sergio, Juan mencionó sus sospechas de que su padre pudo haber muerto porque no lo alimentaron bien ni le suministraron oxígeno de manera adecuada. 

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“Cuando recibí la noticia lloré un rato. Me parecía  increíble la velocidad con que se había ido y el estigma que causa esta enfermedad”, dijo. 

“Esta es una sociedad inhumana, farisea. El primer mandamiento dice ama al prójimo como a ti mismo y no lo practicamos. Que tengas COVID-19 no debe ser razón de desprecio. Siento que la sociedad que dice llamarse cristiana padece de amnesia. Lo peor de todo es mezclar a una persona a quien no se le comprueba coronavirus con otras porque no hay espacio en los hospitales. Estamos en un país sin empleo, salud ni medicinas y también sin sensibilidad humana”.

*Juan, Sergio y Claudio son nombres cambiados a solicitud de los entrevistados. 

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Su familia recuerda a Sergio como un hombre alegre.