Las Crucitas

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Por Carlos Méndez

Tegucigalpa, Honduras | Reporteros de Investigación. Aquella tarde  pintada con un color sureño anaranjado violeta, la recién nacida fue dejada en los brazos de una mujer generosa y tierna. Tenía apenas quince días de nacida. Era un junio de 1982.

-Se la dejo, Doña Romelia y que Dios me la ampare.

Y la mujer se fue con el tino de los que no vuelven, pero que, a hurtadillas, regresaba a las cansadas, para ver el fruto de su vientre, desde las rendijas de madera de la casa, para luego desaparecer como el viento.  

Un día, cuando arribó a los ocho años de vida, alguien le ayudó a Rosita Carolina a buscar a su papá para que se conocieran pero sobre todo, con la intención de atrapar algún cariño extraviado, pero éste al verla llegar, de lejos, desapareció “como alma que se la llevaba el diablo”, Al “señor gordito no lo pude grabar en mi memoria, porque se hizo humo sin que me diera cuenta y, para siempre. Nunca lo volví a ver”.

Carlos Méndez (RI): ¿Y tu mamá?

Rosa Carolina: Prácticamente nunca viví con ella. Tuvo tres hijos más, tampoco estuve al lado de ellos. Me crié con mi máma Romelia. Por ella soy lo que soy y por mi tía Carmen, también. Ellas son mis madres.  Mi máma Romelia me puso a estudiar la primaria en Guanacastillos, el pueblito chiquito donde nací, que está cerca de Choluteca. De allí, a los doce años me vine a Tegucigalpa.

Carlos (RI): ¿Dejaste solita a doña Romelia?

Rosa Carolina: Si, pero no fue de puro gusto. Es que ella tenía dificultades para criarme, y una vez aproveché que mi tía Carmen quería tenerme en su casa de Tegus. Mando a decirme si quería vivir con ella. Me gustó la idea,  y me vine de un solo puyón. Pero  es que también, a esa edad yo observaba en la aldea, que todas las chavas al terminar la escuela, con 13 o 14 años, se metían a vivir con hombres y al tiempito, a la mayoría les iba mal. Varias de ellas andaban cargadas de hijos.

En casa de mi tía me fue bien siempre. No me puedo quejar. Allí recibí apoyo en todo, hasta que una vez, se me metió la idea de buscar a la madre que me había parido. Algo me decía por dentro que tenía que encontrarla. No sé. Verla. Estar con ella. Abrazarla. Quererla. Entonces, agarré mis cachivaches y me fui . No me pregunte cómo me le zafé de la tía.

Carlos (RI): ¿Te  costó mucho encontrar a tu mamá?.

Rosa Carolina: No. Ya sabía donde vivía.

Carlos (RI): ¿Dónde?

Rosa Carolina: En  las Crucitas, arriba del barrio El Centavo, en Comayagüela. Allí vivía con todos sus hijos en una casa de madera que alquilaba por cuatrocientos lempiras al mes.  La casita estaba en un barrio muy pobre en donde las calles son puros lodazales en invierno; muchos vagos y bolitos por todos lados. Allí teníamos que encerrarnos desde las cinco de la tarde porque teníamos mucho miedo de la delincuencia. Y esto que no estaba como ahora. Al llegar a la casa, vi que mis hermanos no tenían trabajo por lo que me puse a buscar inmediatamente uno, para no aguantar hambre. Yo no había tenido nunca, la experiencia de chambear fuera de la casa. El primer trabajo que conseguí fue en una imprenta. Allí aprendí a compaginar y encuadernar libros  para un señor que a veces salia  por la televisión gritando en manifestaciones pidiendo justicia para los pobres, con mantas pintadas. De allí me salí porque, además de compaginar, él quería que le aseara e hiciera mandados de la casa de su familia que estaba a pocos metros de la imprenta. Eran dos trabajos y ¡solo me pagaba por uno!

-Ve, ¿Y a este que le pasa?, dije yo y por eso me fui a trabajar a otro lado.

Carlos (RI): ¿Y tus hermanos qué?

Rosa Carolina : Mis hermanos siempre decían que no podían conseguir trabajo, de manera que me fui convirtiendo en la única que llevaba pisto para la comida, pero además de eso, les lavaba la ropa, los trastos y barría con mi otra hermana.

Carlos (RI): ¿No te ayudaban ellos?

Rosa Carolina : No solo eso. Me quitaban lo que me costaba comprar para mi y la mamá no les decía nada. No apreciaban lo que yo hacía por ellos. Eso me fue poniendo triste de poco a más y entonces volví a recordar a mi tía,  de donde me salí por puras loqueras mías. Llevaba un  año de estar  sin ella. Eso me daba pesar  y peor, vivir en aquella situación nueva que ya no me parecía mucho.

-¿Y ahora que hago? ¿Con qué cara llego y me acepte,  después que hasta me estaban ayudando con mis estudios de comercio? pensaba con mucha tristeza.

Carlos (RI): ¿Querías regresar?

Rosa Carolina : Sí, pero yo no podía hacerlo por pena, hasta que un día sucedió ¡un  milagro! Mi tía se apareció en aquel barrio lodoso como una aparición ¡qué no podía creer!. Me buscaba capeando el lodo de aquello que no parecia calle. Nos abrazamos largo rato. Se me humedecieron los ojos de alegría (como ahora que recuerda aquella escena). -Al rato, sin darle mucha vuelta,  ella no tardó en preguntarme si quería regresar para estar con Karlita y Marisur y para decirme además , que yo no podía seguir sin continuar estudiando en el colegio-. Ese día fue uno de los más lindos que me hayan sucedido en la vida. Lloré mucho de felicidad. 

Ahora estoy de nuevo con ellas y no pienso repetir lo que hice.

Carlos (RI): ¿Ni aunque mejoraran algunas cosas en Las Crucitas donde vive tu madre y los otros hermanos?.

Rosa Carolina : No, porque mi padre, madre y mis hermanas están aquí, en la casa de mi tía. Y eso es lo que más quiero en la vida, hasta que Dios diga otra cosa, ¿me entiende?

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