El epitafio del mundo

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Por Allan McDonald

Al tragar el último pedazo de pan, Jesús vio un plato vacío, torció la cabeza y se figuró el rostro de Magdalena, ese pensamiento fugaz se diluyó cuando Pedro le dijo: -Maestro ya es hora de irnos, no hay nadie en las calles y hay una epidemia.

– Lo sé – dijo Jesús con los ojos enjaguados que los miraba y remató de frente a los discípulos. Esta será la cena final.

Todos abandonaron la mesa rustica donde estaba sellada su muerte, entre los despojos de comida y el vino derramado que goteaba, como si fuera la sangre del aquel hombre que aún tenía pegado en su paladar el sabor a óxido de la certera muerte.

Jesús se puso de píe, no miro a nadie, ni le dijo adiós a nadie, solo tocó con el dedo índice la orilla del plato donde le pareció ver el rostro de Magdalena. Dio la vuelta y partió al huerto de Getsemaní, cruzo el Monte de los Olivos, palpando cada paso en el oscuro Valle del Cedrón, se detuvo en el centro de los olivares, los tocó con la mano, como si tocara la luna, que estaba suspendida allá a los lejos en un cielo templado.

Miró a su alrededor, nadie estaba, nadie venía detrás; entonces Dijo para sí: -Tienen miedo del contagio, como que si esto se acabara con el horror.

Siguió aquel torcido camino y las sandalias quedaban marcadas en el suelo sobre un lodazal seco. Llegó a la piedra donde acostumbraba a orar en silencio infinito, un silencio que ahogaba en las noches, pero esta vez las hojas sacudían la soledad y el viento arrastraba su sombra, como una serpiente muerta en los talones del hombre.

Desde lejos escuchó el ruido de la traición, cuando Judas llegó acompañado por unos soldados. Lo señalo desde un páramo: -Allá está, por la epidemia no se acerquen- y los soldados le gritaron desde el otro lado de los olivares que se entregara.

Jesús fue arrestado sin una sola palabra de protesta, solo se inclinó y aceptó el destino brutal de los hombres. Lo llevaron, iban callados, sin amarrarlo, solo caminaban detrás de él en un sórdido enjambre de sonidos que crujía el polvo curtido de los caminos que llevaba a la casa de Anás, el sacerdote que prestó su casa y su conciencia para que Jesús fuera interrogado y torturado.

Anás lo quedó viendo de reojo, le daba vergüenza la sangre de los demás, lo empujó por el patio y le ofreció agua turbia. No quiso nada, solo se sentó al borde de una pilastra donde secaban granos, miró la luna de nuevo, era más lejana, se sintió abandonado. Miró sus pies y estaban carcomidos por el polvo y cerca de ellos estaba una naranja, la agarró con la mano y pensó en el mundo, pero volvió a poner la naranja en el mismo sitio y se paró y dijo con la respiración sacudida por la fuerza de su sabiduría:

-Vámonos donde tiene que llevarme- le dijo a Anás, entonces este lo agarró del viejo manto verdusco y lo llevó por una caminito de piedras pardas y había un puñado de casas blancas, arrinconadas en un prado que de día debió ser verde, pero ahora era un manto negro, como si fuera una vaca echada en el centro del desierto y lo cruzaron, al llegar Anás tocó la puerta con un pañuelo en la mano, para no contaminarse y entregar a Jesús a Caifás, pero Caifás estaba con una mujer y en cuarentena, además no tenía autoridad para ordenar pena de muerte, solo abrió la ventana y desde el tragaluz le dijo:

  • Llévaselo a Pilatos, él es el gobernante romano en Judea, él sabe qué hacer con este insurrecto, además él sí sabe para qué es el poder. Y desde el otro lado de la ventana, muy lejano se escuchó la risa de la mujer.

Se fueron en silencio a la fortaleza Antonia, adosada en lujos, traspasaron por el centro dormido de la ciudad y buscaron entrar por la parte que no estaba amurallada.

-No hay nadie en las calles- dijo Anás -Todos están encerrados por la epidemia- volvió a decir con la voz cansada. Jesús no lo vio, pero se detuvo y dijo: – Habrá noches más oscuras que esta, pero la humanidad no lo entenderá-. Anás tampoco entendió y siguieron. Al llegar vieron todo abandonado, las guarniciones romanas habían sido abandonadas en sus puestos y solo un soldado desde lo alto de una torre les gritó:

  • ¡Que buscan! -.

-Al gobernador- gritó Anás.

  • Suban, de todos modos, no lo van a ver-.

Y no lo vieron. Pilatos estaba encerrado y solo la voz temblaba desde adentro:

  • No ven que estamos en emergencia, si tanto les urge matar a ese hombre, llévenselo a Herodes-.

-La especialidad de él es matar niños- dijo Anás.

  • A pues espera a que pase la emergencia.

Jesús entonces se acordó que 33 años atrás en Belén, el mismo Herodes lo había mandado a buscar para matarlo. Nuevamente el destino lo ponía de frente, como en una ronda de juegos macabros, la vida estaba en las manos de aquel asesino que lo buscaba desde que nació en un pesebre, entre el estiércol de las vacas, y ahora sentía ese olor en el recuerdo de Herodes.

Se marcharon de la fortaleza de Pilatos y encontraron a Herodes en su palacio, solo, sentado en la penumbra, sin guardias ni nada, borracho y con la mirada triste y sin volver a verlos les mando donde Pilatos.

  • Vayan de nuevo donde ese cobarde y que haga su trabajo- dijo herodes y se quedó dormido, o muerto, pero estaba arrinconado en un sillón rojo sin aliento ya.

Y regresaron y esta vez los recibió Pilatos y olvidándose de la emergencia dijo:

-Ni modo, pero no hay nadie a estas horas, ni guardias, mañana le vamos a preguntar a la gentuza, entre tu crucifixión o la de Barrabás.

La mañana siguiente Barrabás: ladrón de oficio, compartía el calabozo con Jesús; no platicaron nada, solo se vieron, restregándose las miradas, como buscando un perdón en algún pedacito de sus vidas cruzadas, buscando algo que los acercara y se hicieran hermanos y echaran alas para volar de allí. Entonces Jesús lo recordó, cuando ambos tenían 7 años y jugaban debajo de unos arbustos y eran felices bajo las nubes que agitaban los vientos de aquellos años idos. Pero Jesús no le dijo nada.

A la mañana siguiente el soldado que estaba en la torre la noche anterior, se les acercó, les abrió la bartolina y solo en ese instante Jesús se dio cuenta que los pies del soldado tropezaban porque estaba quedando ciego, era casi un niño con los ojos blancos, inundados de cataratas, tenía los corneas escarchadas, aun así caminaba arrinconado en la pared, pero con fuerza para sostener las cadenas que arrastró para llevarlos donde Pilatos, que lavándose las manos en tiempos de virus les dijo:

-La muchedumbre no vino, ni un alma hay en la plaza-.

-La muerte no la merece ninguno, pero tengo que cobrar sueldo de asesino, entonces ustedes decidan-.

  • Mi Reino no es de este mundo-. Dijo Jesús, sin una sola rasgadura de miedo.
  • Mi reino si es de este mundo, por eso soy ladrón-. dijo complaciente Barrabás, con la sonrisa en forma de puñal.

Pilatos nuevamente lavó sus manos y dijo: – ¿Hasta cuándo tendré que lavarme las manos, para no infectarme de tanto excremento? –

Jesús respondió: -Cuando se te acabe el color de la piel-

Pero Pilatos no escuchó; sino que más bien lo miró con las manos aun empapadas y se secó en el manto de Jesús y le dijo: – Ya que eres carpintero, hazte una cruz y cárgala hasta el monte Calvario. Allí quizá llegue alguien y te ejecute.

Jesús cruzó el pueblo con la cruz en silencio, ningún soldado iba con él, nadie lo azotó, ni le puso espinas, las torturas de la noche anterior aun le tenía descocidos los labios y rotas las costillas peros sus pies estaban firmes y traspasó las calles empedradas, polvorientas y callejones, pasó por andurriales arrastrando la cruz, se paró en pleno sol del mediodía, miró las puertas cerradas, ventanas selladas, solo los murmullos de la gente que arrastraba el viento y desaprecian antes de llegar a sus oídos. Jesús en ese momento, entonces se puso en cuclillas y se cubrió la cara con la cruz y sin que la historia lo supiera, lloró amargamente, apretando los ojos y saciando el dolor que estremecía el día, cuando las lagrimas surcaban las puñaladas del corazón. En la esquina de esa calle había un burdel, cerrados como todos, pero el lamento de Jesús hizo que se entreabriera una ventana de madera podrida, por donde solo cabía la mitad del ojo y desde allí lo miraba Barrabás, llorando como él, porque también se había recordado de la infancia, con su único amigo en su desgraciada vida; pero no había dicho nada por no estropear el momento miserable de una cárcel, que le había puesto el destino para compartirla con el hijo del mismísimo Dios.

Jesús, se tragó las lágrimas, ya revueltas con el sudor y la sangre, siguió hasta pasar por el frente de una casa abandonada de adobes, desvencijada los horcones y miró un arbusto seco, y sonrió con la boca sangrando, una sonrisa costurada por el vacío y la tortura, y se acordó que esa casa era la de sus padres, de la carpintería, de su infancia que jugaba bajo esos arbustos, junto a Barrabás, donde ponía sus mantos cortos y Jesús trocitos de madera que sobraban en el taller de don José, y que hoy no habían sobras de madera, sino de vida para ajustar las horas que le faltaban a ese hombre triste con la cruz en las espaldas.

Siguió caminado y subió la cuesta polvorosa del Calvario, allí se detuvo, puso la cruz y se sentó; esperó algún soldado… o algún sicario contrato de último momento para que lo matara.

Al atardecer llegó el soldado ciego, el mismo que estaba con Pilatos, y ahora venía sosteniéndose del brazo de María, la madre de Jesús; ella llorando y él en silencio; Jesús lo vio.

Como un viejo amigo ya, pero el soldado ciego sin verlo se arrodilló y sacó de un morral los tres clavos y un martillo y le dijo en la blancura de la mirada espantosa de la tarde:

-Acuéstese maestro-.

El día se apagó. El soldado esperó a que se muriera para cumplir a cabalidad con su misión… Jesús desde lo alto lo miraba, el soldado sacó una naranja del bolso y la partió con una cuchilla y la exprimió en la boca, el soldado masticaba y con los labios pegajosos lanzaba las semillas al pie de la cruz ensartada en la tierra. Entonces el soldado ciego levantó la vista clara, y le grito desde abajo: – ¡Ya puedo ver, es un milagro! – y se restregó los ojos para convencerse y era cierto, tenía la mirada sana.

Jesús pensó en aquella naranja de la casa de Anás… Cerró los párpados heridos y murió.

Lo llevaron arrastrado, hasta el Gólgota que estaba en el noroeste de la ciudad de Jerusalén, en una cantera de piedra caliza donde fue sepultado en una rupestre tumba con un epitafio: Aquí yace conmigo la humanidad entera, que 20 siglos después, volvió a ser arrasada por el contagio del extraño padecimiento llamado miedo.

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