Los amores olvidados huelen a ruda

Por Allan McDonald

Wilmer Pérez cubría la redacción ese domingo, me despachó temprano:

-Sí ya terminó la caricatura de mañana, váyase, me dijo; para ese entonces Wilmer era el director del diario dominical de La Prensa de aquel año de 1987.

Afuera me esperaba Javier Olivares, mi compañero de trabajo, conserje del departamento de redacción y amigo entrañable, yo tenía 14 años y Javier unos 23.
Javier no trabajaba los domingos, pero yo sí, y habíamos acordado que nos acompañaríamos siempre, porque yo apenas conocía San Pedro Sula, y me cansaba el asma el caminar por esas avenidas abandonadas a la suerte, Javier entonces me dijo, yo te llevo y te traigo en mi “baica”. Una Phoenix “veinteochona” de color negro de parrilla ancha, asiento reclinatorio con estoperoles y guindandejos de cuerina, comprada a plazos en Agencia la Mundial; era el lujo que se daba Javier en esas calles sampedranas y me favorecía a diario con el jalón.

Ya encaminados en la tercera avenida, viendo el panorama dominguero de la tarde yo miraba las ruedas de aquella “veinteochona” y me dijo Javier:

-Hoy nos toca burdeliar, pagaron el viernes, allá en “El Cumajón” tengo una vieja, allí te presento la tuya.

Yo no entendí, por el miedo de irme al abismo de asfalto mientras me sostenía en un tubo, me angustiaba el viaje y las palabras de Javier, que hablaba sin parar mientras masticaba un chicle que sacaba con una mano de una cajita rosada.

Nos lanzamos hasta llegar al cine Clamer, luego doblamos a la izquierda, a caer a la línea del ferrocarril y cruzamos como fantasmas, Javier tocaba con el orgullo soberbio del que tiene una “veinteochona” aquel timbre enroscado en el manubrio donde también colgaba enrollado con hule cebollero un radio Record. Sonaba siempre “Stereo Sula.”

Nos fuimos desbocados hasta llegar al campo Dandi, y luego se cruzó unos pasajes de charcos fosforescentes y llegamos a una casa de maderera, color rosa, con zócalo azul aqua, con un rótulo de cerveza Salvavidas que decía “Póker de Ases”.

Afuera había un troco verde oscuro, con un letrero en el costado de tablas tristes, que decía “Marquitos”, en el timón tenía una cabuya azul amarrada a destajo, el troco estaba cargado de cocos anaranjados y verduscos; encaramado como un cangrejo desolado yacía un viejo espantando las moscas. El troco ubicado exacto a la par de la puerta de aquel burdel de cortinas rojas, frente a una calle de lodos pasados. Javier me bajó frente al viejo de los cocos, él también se bajó, abrazó la bicicleta como un niño huérfano y la llevó despacito hasta el fondo del burdel. Javier se sacó un peine de su bolsa trasera y se peinó como Clark Gable, se vio en un espejo que tenía grabado El Corazón de Jesús, caminó con pasos firmes al bar y pidió una Coca Cola.

-Y vos que querés – me dijo- una Coca Cola también, respondí. Yo miraba las cuatros paredes, y sólo vi mesas con sus sillas embrocadas, abandonadas por los borrachos de ayer. Me pareció ver un cementerio de sillas y mesas tiradas al azar.

Javier me llamó con la cabeza y me acerqué, sentate – me dijo, y con la bota de vaquero desconsolado me “jaló” el banco altísimo, la señora con un diente de oro y cadenas de imitación brillaron en mi ilusión, me sonrió y sacó de una bolsa de papel una ciruela, le echó sal y me la dio. Di las gracias y ella no contestó, de su delantal con flores bordadas por un escolar sacó unas monedas y las echó en una rockola. Se tardó mucho y se acercó a Javier por detrás y se pusieron a bailar sobre una aserrín amanecido con una canción de Vicente Fernández:

Un montón de recuerdos ingratos
una carta que no se ha leído
un retrato tirado en el suelo
y en mi mano una copa de vino.

Eso es todo lo que hay en mi vida
una vida que no vale nada
una historia de amores perdidos
Porque tu no quisiste ser mía.

Javier se dormía en el hombro curtido de oro de aquella mujer y despacito se acercaban a un pasillo, se tomaron de la mano, se fueron y desde el pasillo me gritó – ¡ya viene la tuya!
Entonces llegó ella, tenía menos de 20 años, usaba una falda de jeans y zapatos blancos, me vio, sin decir nada, me agarró la mano, me llevó como se lleva un niño a la escuela por primera vez y cruzamos el mismo pasillo donde pasó Javier, subimos unas gradas de madera, yo bajé la mirada y vi la humedad de las escaleras, me pareció madera vieja, madera de alguna cruz desbaratada en el pecado de la Magdalena.

Entramos sin palabras, había una cama enorme como el mar, era el mar profundo de la soledad. Me senté al borde, miré sus pies pobres con sandalias blancas raspadas por los pasos perdidos, con su taconcito doblado por los caminos torcidos de su vida, sus dedos blancos, sus uñas rojas su piel inmaculada de sacrificios, ella me vio sin compasión y se sentó a mi lado y puso la cabeza en mi hombro, se durmió y yo con la mano entrelazada a mi otra mano del olvido; me dio tristeza ver mis propios dedos pálidos y no dije nada, sólo vi su faldita de jeans que era de palidez azul, entonces se durmió en mis brazos y mientras me tocaba mi pelo, y me decía que era de un lugar que no se dónde es, decía que se había criado en medio de una finca de guineos, que su abuelo se había muerto mientras dormía en la sala de un barracón, de la Tela Rail
Company, y se había venido a buscar la vida y encontró sólo restos de un futuro que le prometió un novio y que amaneció de repente en aquel burdel. Ella hablaba con tristura honda mientras un tecolote de barro nos miraba desde la esquina, nunca dije nada sólo escuché. Entonces, ella se apartó de mí y se acostó sobre una colcha de algodón con el dibujo de un tigre Salvadoreño.
Ella se tiró, se tendió como una longeva en su última morada, cerró los ojos y me preguntó el nombre; Yo le dije mi primer nombre, pensando en que ella era la mujer de mi vida.…

-¿Y el tuyo?

-Me llamo Ruth.

Se levantó despacio de mi mano, y se sentó a mi lado. Allí nos quedamos viendo el horizonte de madera de aquella habitación con olor agua de ruda, con una mesita de noche y de día encandilada con una lámpara colorada y la pared forrada con un póster de Rigo Tovar, aún con la mirada enceguecedora de su nostalgia.
Me paré a ver de cerca a Rigo, y pedí permiso para ir a su baño privado, forrado de peluche, me lavé las manos con un jabón Camay rojizo que estaba en su cajita china. Me vi en el espejo y allí estaba un afiche descolorido del “cancionero popular”, con la foto de Mecano, con sus trajes espaciales y el pelo alborotados como un florero.
Allí estaba impresa la “Cruz de navajas”, la leí para tardarme en salir de aquel baño, para no apurar la cobardía de un adolecente que nunca supo como ver los ojos a una mujer. Cualquier mujer.

Entonces tocaron la puerta y salimos tomados de la mano, como novios.
Bajamos las graditas de la Magdalena, cruzamos de nuevo el pasillo, y pasamos por el cementerio de sillas y mesas tiradas a la suerte. Se despidió de mí, con la mano sobre mi cabeza.

Afuera el sol arrancaba de tajo las calles, el viejo del troco sucumbió y se durmió con los brazos cruzados encima de los cocos verduscos.

-Cuánto te cobró – me preguntó Javier. Entonces recordé la canción de Vicente Fernández

-Un montón de recuerdos ingratos – le dije.

Javier no entendió, sólo se rio sin gracia, abrazó su “veinteochona” y caminó a su lado, como un niño huérfano y nos fuimos.

Volví atrás la mirada y vi a Ruth diciéndome adiós con la mano.

Desde esa tarde… la vida entera me parece un larguísimo olor a ruda.

——————-Allan McDonald———————–